{"id":2266,"date":"2019-01-19T04:00:49","date_gmt":"2019-01-19T04:00:49","guid":{"rendered":"https:\/\/robertjwallace.com\/\/\/?p=2266"},"modified":"2020-12-14T16:53:06","modified_gmt":"2020-12-14T16:53:06","slug":"chapter-vii-collusion-and-conspiracy","status":"publish","type":"sharpsandflats","link":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/sharpsandflats\/sharps-and-flats-title-page\/chapter-vii-collusion-and-conspiracy\/","title":{"rendered":"CAP\u00cdTULO VII \u2013 COLUSI\u00d3N Y CONSPIRACI\u00d3N"},"content":{"rendered":"<p class=\"has-drop-cap\">Las palabras que encabezan este cap\u00edtulo son duras. No se puede negar. Pretenden serlo. Siendo as\u00ed, pertenecen a la clase de expresiones que, seg\u00fan los sabios, \u00abno rompen huesos\u00bb. Esto puede ser cierto incluso en casos de colusi\u00f3n y conspiraci\u00f3n. Pero, en conciencia, o en su ausencia, estas han roto corazones y fortunas suficientes para compensar cualquier incapacidad meramente f\u00edsica.<\/p>\n\n\n\n<p>No cabe la menor duda de que gran parte de las trampas que se cometen en la llamada sociedad educada se realizan por estos medios. La alta posici\u00f3n de los jugadores, por desgracia, no garantiza la fidelidad. Se puede ser enga\u00f1ado en cualquier lugar, incluso en clubes exclusivos de la m\u00e1s alta calidad, como muchos saben a su costa. En la pr\u00e1ctica, no hay una roca firme en la que el jugador pueda apoyarse y decir a la marea de las trampas: \u00abHasta aqu\u00ed llegar\u00e1s, y no m\u00e1s\u00bb. No est\u00e1 seguro en ning\u00fan sitio, pues nunca sabe qui\u00e9n no puede verse tentado, en alg\u00fan momento, a recurrir a pr\u00e1cticas deshonestas. El estafador no siempre es un profesional; puede, en ocasiones, ser un aficionado. Cuando hay mucho en juego, la tentaci\u00f3n de aprovecharse injustamente de un oponente es a veces demasiado grande para que algunos la resistan; especialmente cuando no se corre el riesgo de ser descubierto al hacerlo. Circunstancias accidentales a veces otorgan a un jugador ventajas abrumadoras en el juego, de las que solo \u00e9l es consciente. \u00bfY qui\u00e9n puede decir que no aprovechar\u00e1 la oportunidad que la casualidad le presenta? Contra este tipo de cosas, sin embargo, no hay otra protecci\u00f3n que la vigilancia de los jugadores. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1, entonces, el \u00abjuego\u00bb, la diversi\u00f3n, si uno tiene que jugar armado por todas partes, por as\u00ed decirlo, y viviendo con el temor de los carteristas?<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, no es este tipo de enga\u00f1o espor\u00e1dico lo que nos ocupa ahora, sino la asociaci\u00f3n sistem\u00e1tica de individuos para estafar en el juego. Como ejemplo notable de este tipo de cosas, el lector har\u00e1 bien en leer el relato del siguiente incidente, ocurrido hace unos inviernos en uno de los principales clubes del West End de Londres.<\/p>\n\n\n\n<p>En este club, un juego muy popular era el \u00e9cart\u00e9, que se jugaba generalmente en la galer\u00eda. Es decir, los espectadores pod\u00edan apostar entre ellos o con los jugadores sobre el resultado del partido. En este caso, los espectadores se formaban en dos grupos, uno detr\u00e1s de cada jugador, y apostaban sobre las probabilidades de sus respectivos campeones.<\/p>\n\n\n\n<p>Las actividades de este club, entonces, brindaron una oportunidad de hacer trampa demasiado buena como para desaprovecharla. Algunos miembros sin principios propusieron, y lograron ser elegidos, a dos h\u00e1biles tah\u00fares franceses. El procedimiento adoptado fue colocar a estos dos hombres uno frente al otro en una mesa de juego y dejarlos jugar al \u00e9cart\u00e9. Se reuni\u00f3 una galer\u00eda lo m\u00e1s grande posible, y entonces comenz\u00f3 la diversi\u00f3n. No hubo nada de refinamiento ni delicadeza en el m\u00e9todo empleado. Simplemente, uno u otro jugador perdi\u00f3 por orden. Seg\u00fan c\u00f3mo se desarrollaran las apuestas, es decir, seg\u00fan el jugador cuya ganancia pusiera m\u00e1s dinero en los bolsillos de los conspiradores, as\u00ed ser\u00eda el resultado de la partida. Se hicieron ciertas se\u00f1as a los jugadores, sin que los dem\u00e1s se dieran cuenta, y en respuesta a estas se\u00f1as, la partida se desenvolv\u00eda en una u otra direcci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El plan favorito parec\u00eda ser que todos los conspiradores se colocaran detr\u00e1s de uno de los hombres, y, por supuesto, los dem\u00e1s miembros del club que desearan unirse deb\u00edan tomar su posici\u00f3n detr\u00e1s del otro. La hermandad secreta entonces hizo tantas apuestas como pudo con los que estaban al otro lado de la mesa. Una vez logrado esto, su jugador estaba seguro de ganar. Si las cartas no le eran favorables, levantaba las manos, hac\u00eda el puente y daba las cartas para cortar. Sin duda, por pura cortes\u00eda, su oponente cortar\u00eda con gusto en el lugar indicado. Al final de la velada, las ganancias se divid\u00edan entre los conspiradores.<\/p>\n\n\n\n<p>Pues bien, este peque\u00f1o juego llevaba tiempo en marcha y, sin duda, hab\u00eda servido para poner en circulaci\u00f3n una buena cantidad de capital que, de otro modo, habr\u00eda permanecido inmovilizado, cuando ocurri\u00f3 un incidente imprevisto y lamentable. Entre los miembros reci\u00e9n elegidos del club se encontraba uno con cierta experiencia en juegos de manos. Una noche, al ser espectador casual, se lanz\u00f3 de inmediato al puente. Bien podr\u00eda haberlo hecho, pues, como coment\u00f3 un miembro de la fraternidad, los jugadores se hab\u00edan vuelto tan seguros \u00faltimamente de la ignorancia de los miembros que, debido a su descuido, la estructura en cuesti\u00f3n se hab\u00eda convertido, m\u00e1s que en un puente, en un aut\u00e9ntico Arco del Triunfo. Gracias a la informaci\u00f3n as\u00ed obtenida, el asunto se present\u00f3 ante el comit\u00e9. El resultado fue la prohibici\u00f3n de \u00c9cart\u00e9 \u00e0 la Galerie. Quienes est\u00e9n familiarizados con los asuntos del club sin duda recordar\u00e1n la circunstancia y conocer\u00e1n el club al que se alude.<\/p>\n\n\n\n<p>Un complemento muy necesario para cualquier tipo de colusi\u00f3n es alg\u00fan sistema de telegraf\u00eda secreta. Con un sistema de este tipo en funcionamiento entre dos o m\u00e1s jugadores en sociedad secreta, hay muchos juegos en los que la victoria es una certeza. La telegraf\u00eda, por supuesto, rara vez permite a quienes la conocen charlar en secreto, pero en su mayor\u00eda consiste en se\u00f1ales que indican los nombres de las cartas. En general, hay dos tipos de indicaciones: una para el palo y otra para el valor. Por ejemplo, si se ve al jugador que se\u00f1ala con la mano derecha abierta sobre la mesa, esto puede indicar corazones; si la mano, en lugar de estar plana, descansa de lado, puede significar picas; si est\u00e1 apretada sobre la mesa, puede significar tr\u00e9boles; y, finalmente, si est\u00e1 apretada con el pulgar hacia arriba, puede significar diamantes. Los valores de las cartas son igualmente f\u00e1ciles de indicar. Si el telegrafista mira hacia arriba, puede significar un as; si mira hacia abajo, un rey; Si est\u00e1 a la izquierda, una reina; si est\u00e1 justo delante, una sota; si est\u00e1 a la derecha, un diez; con la cabeza ladeada y mirando hacia arriba, un nueve; idem, y mirando a la derecha, un ocho; idem, y a la izquierda, un siete, y as\u00ed sucesivamente hasta completar el n\u00famero. No hay dificultad en organizar un sistema de este tipo, que se pueda ejecutar con palabras o se\u00f1as, y si se piensa con cuidado, estos sistemas son muy dif\u00edciles de detectar.<\/p>\n\n\n\n<p>Supongamos que dos compa\u00f1eros de whist est\u00e1n en connivencia y uno de ellos est\u00e1 a punto de salir. El otro podr\u00eda pedirle que salga de tr\u00e9boles. Por lo tanto, podr\u00eda dirigir a cualquier persona en la sala una frase que comience con: &quot;\u00bfPuede decirme...?&quot;. La letra inicial de la frase indica el palo que desea que salga su compa\u00f1ero. Si quisiera diamantes, dir\u00eda: &quot;\u00bfSabe...?&quot;, etc. Si fuera necesario pedir corazones, dir\u00eda: &quot;\u00bfHa visto...?&quot;, etc. Por \u00faltimo, si se requirieran picas, har\u00eda una pregunta que comenzara con: &quot;\u00bfDesea...?&quot;. Estas preguntas son muy simples, pero a veces significan mucho en una partida de cartas.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro sistema de se\u00f1alizaci\u00f3n que a veces se adopta es indicar la posesi\u00f3n de ciertas cartas seg\u00fan su posici\u00f3n sobre la mesa. Quien se\u00f1ala, tras ver su mano, desea que su c\u00f3mplice sepa que posee una carta importante en el juego. Por lo tanto, mientras espera a que los dem\u00e1s jugadores ordenen sus manos, cierra sus cartas por un momento y las coloca frente a \u00e9l sobre la mesa. La disposici\u00f3n de las cartas dar\u00e1 la se\u00f1al requerida, o, como se le llama, &quot;oficio&quot;. El extremo de las cartas m\u00e1s alejado del operador puede representar una especie de indicador, colocado frente a una figura particular en un dial imaginario, que se supone est\u00e1 dibujado sobre la mesa. Varias cartas pueden indicarse de esta manera, y para otras pueden introducirse factores adicionales. Por ejemplo, las cartas pueden estar ligeramente extendidas, la carta superior puede sobresalir ligeramente hacia un lado o sobre un extremo, o el operador puede mantener los dedos apoyados sobre las cartas. De hecho, la variedad de se\u00f1ales es infinita. Desde dejar un cigarro hasta tomar una copa de vino, desde abrir la boca hasta acariciarse la barbilla, cualquier movimiento, por simple e insospechado que sea, puede convertirse en un medio para hacer trampa en casi cualquier juego. Un c\u00f3digo de se\u00f1ales para indicar cada carta de la baraja, tan dif\u00edcil de descifrar como el c\u00f3digo Morse en telegraf\u00eda, puede ser creado por cualquiera en cinco minutos. De hecho, el propio c\u00f3digo Morse puede usarse en conexi\u00f3n con lo que los franceses llaman \u00abLa dusse invisible\u00bb, un sistema de se\u00f1ales a un c\u00f3mplice mediante la presi\u00f3n del pie bajo la mesa. Al usar este sistema, por supuesto, hay que tener cuidado de no ofender a nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>Un caso de fraude con cartas, que implicaba el uso de telegraf\u00eda secreta, lleg\u00f3 a conocimiento del autor en relaci\u00f3n con la presunta desenmascaramiento de un conocido estafador. Las circunstancias del caso se presentaron de la siguiente manera.<\/p>\n\n\n\n<p>Es bien sabido que uno de los denunciantes de fraude m\u00e1s capaces e inflexibles de la actualidad es el Sr. Henry Labouchere, diputado, editor y propietario de &quot;Truth&quot;. En las columnas de esta influyente y le\u00edda publicaci\u00f3n, las cr\u00edticas mordaces y las valientes declaraciones de &quot;Scrutator&quot; han sido un gran aporte a la causa de la verdad y la justicia.<\/p>\n\n\n\n<p>El autor ha tenido el privilegio, en varias ocasiones, de colaborar con el Sr. Labouchere en la b\u00fasqueda de impostores de diversa \u00edndole, y una de esas ocasiones se relacion\u00f3 con el caso del acusado mencionado anteriormente. Sin duda, algunos detalles vendr\u00e1n a la mente de quienes recuerden el nombre del hombre conocido como Lambri Pasha. Es aconsejable decir \u00abconocido como\u00bb, pues no hay nada que demostrar si su verdadero nombre se parec\u00eda en algo a ese. Si hay algo que uno podr\u00eda creer con mayor frecuencia, es que, aunque Lambri pudo haber sido el hombre, Pasha ciertamente no lo fue.<\/p>\n\n\n\n<p>Este hombre, Lambri, italiano de nacimiento y astuto de profesi\u00f3n, hab\u00eda llevado a cabo sus operaciones a tal escala que se hab\u00eda hecho conocido por el \u00abScrutator\u00bb. Como era habitual en estos casos, el \u00abScrutator\u00bb procedi\u00f3 a liquidarlo r\u00e1pidamente.<\/p>\n\n\n\n<p>En la \u00e9poca referida, este Lambri tuvo una pelea con uno de sus c\u00f3mplices, y en venganza este hombre revel\u00f3 al Sr. Labouchere todo el modus operandi de los medios utilizados por su patr\u00f3n para enga\u00f1ar a los jugadores de esos altos c\u00edrculos a los que hab\u00eda obtenido acceso.<\/p>\n\n\n\n<p>En vista de ello, el Sr. Labouchere contact\u00f3 al autor con la intenci\u00f3n de idear un plan para atrapar al estafador con las manos en la masa y desenmascararlo por completo. En consecuencia, se ide\u00f3 el siguiente plan: el autor, disfrazado de un hacendado rural supuestamente adinerado, deb\u00eda ser presentado a Lambri e invitado a participar en la partida de bacar\u00e1, especialmente organizada para la puesta en escena del peque\u00f1o drama que seguir\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Huelga decir que no se propuso que el autor, aunque armado, estuviera solo en una aventura que promet\u00eda desembocar en violencia de mayor o menor intensidad. Entre los dem\u00e1s invitados se dispuso que algunos tuvieran alguna relaci\u00f3n con Scotland Yard.<\/p>\n\n\n\n<p>El sistema de Lambri era sumamente simple. Se ejecutaba con la ayuda de un c\u00f3mplice, y el bacar\u00e1 era el juego principal. En este juego se utilizan tres barajas de cartas en combinaci\u00f3n, formando una gran baraja de 156 cartas. Obviamente, es imposible sostener esta voluminosa baraja con comodidad mientras se barajan las cartas; por lo tanto, la baraja se realiza colocando las cartas de canto sobre la mesa, de espaldas al repartidor, y en esta posici\u00f3n se mezclan. Lambri, tras tomar la banca, proced\u00eda a barajar las cartas de la manera descrita. Durante esta operaci\u00f3n, y a medida que las cartas se acercaban, el c\u00f3mplice, que hab\u00eda adoptado una posici\u00f3n conveniente, indicaba a su principal su valor mediante un c\u00f3digo de se\u00f1ales dispuesto a tal efecto. De las explicaciones ya dadas, el lector no tendr\u00e1 dificultad en deducir c\u00f3mo se colocaban las cartas para beneficio de la banca.<\/p>\n\n\n\n<p>Para detectar esta maniobra, ser\u00eda necesario, pues, observar el desarrollo del juego desde el principio, tomar nota de la disposici\u00f3n adoptada y, en el momento oportuno, dar la se\u00f1al para confiscar tanto las cartas como al crupier.<\/p>\n\n\n\n<p>Habi\u00e9ndose hecho los preparativos para llevar a cabo este plan y tomado todas las precauciones necesarias, se esperaba que Lambri cayera discretamente en la trampa que le hab\u00edan tendido. Sin embargo, \u00ablos planes mejor trazados\u00bb fracasan con dificultad. Es imposible saber si el c\u00f3mplice hab\u00eda jugado con ambas partes, lo cual es m\u00e1s que probable, o si la informaci\u00f3n se hab\u00eda filtrado por alg\u00fan otro canal. Lo cierto, sin embargo, es que Lambri tuvo una idea de lo que estaba ocurriendo y tom\u00f3 medidas \u2014o mejor dicho, \u00abprepar\u00f3 el terreno\u00bb\u2014 en consecuencia. El d\u00eda anterior al se\u00f1alado para la revelaci\u00f3n, el c\u00f3mplice recibi\u00f3 un telegrama de Par\u00eds inform\u00e1ndole de que el objeto de nuestras amables atenciones, debido a la presi\u00f3n de un asunto importante, permanecer\u00eda all\u00ed durante algunas semanas.<\/p>\n\n\n\n<p>No cabe duda de que los asuntos que lo llevaron tan repentinamente a Par\u00eds eran apremiantes e importantes; pues, al parecer, han ocupado su atenci\u00f3n desde entonces. Nunca ha acudido a esa cita y, por lo que se sabe, desde entonces no ha vuelto a aparecer en Inglaterra. Para todos sus antiguos amigos y conocidos, lo han olvidado, aunque para muchos de ellos, sin duda, es muy querido.<\/p>\n\n\n\n<p>En general, se puede confiar en que un hombre astuto llegue a una decisi\u00f3n acertada en todos los asuntos que afectan a sus propios intereses, y ciertamente no se puede decir que &#039;Lambri Pasha&#039; haya demostrado ser una excepci\u00f3n a la regla.<\/p>\n\n\n\n<p>En el bacar\u00e1, la colusi\u00f3n y la conspiraci\u00f3n se utilizan generalmente con el prop\u00f3sito de &#039;estafar&#039; a alg\u00fan individuo en particular del tipo pronunciadamente &#039;Juggins&#039;, y el plan de operaci\u00f3n es m\u00e1s o menos el siguiente.<\/p>\n\n\n\n<p>Supongamos que el campo de juego es la sala de juego de alg\u00fan peque\u00f1o club, donde se juega al bacar\u00e1 clandestinamente y con grandes apuestas. Entre los socios adictos a este pasatiempo hay un joven con m\u00e1s dinero que cerebro y varias de las caracter\u00edsticas opuestas. Media docena de estos \u00faltimos asiduos del club se sentar\u00e1n alrededor de una mesa preparada para el juego en una sala superior, esperando la llegada de su v\u00edctima. Sobre la mesa, frente al repartidor, est\u00e1 el mazo con el n\u00famero adecuado de barajas: las cartas est\u00e1n dispuestas, digamos, para dar seis golpes ganadores a la banca y luego perder hasta el final. No est\u00e1n jugando, ni mucho menos, aunque la mesa est\u00e9 llena de dinero. Su juego es de espera por ahora, y pasan el tiempo como pueden.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el incauto llega al club, le susurran que hay una peque\u00f1a partida en marcha arriba. Se avisa de su llegada a los conspiradores, y para cuando el inocente novato llega a la sala, la partida parece estar en pleno apogeo. El reci\u00e9n llegado ve que la banca siempre gana. Al final de los seis golpes ganadores, el crupier dice que ya ha ganado suficiente o inventa alguna otra excusa para retirarse. Por lo tanto, se necesita un nuevo crupier, y no hace falta mucha persuasi\u00f3n para convencer al &quot;tonto&quot; de que se quede con la banca. Existe la superstici\u00f3n de que las bancas que empiezan con suerte para el crupier seguir\u00e1n as\u00ed hasta el final, y el desafortunado joven nunca sospecha que es un montaje. En consecuencia, se sienta a jugar y, naturalmente, lo pierde todo al final de la partida. El &quot;Juggins&quot;, por muy jubiloso que estuviera, pronto descubre que no tiene motivos para alegrarse. Ver\u00e1n, cuando un hombre roba la banca en medio de una partida, no puede barajar las cartas, sino que debe tomarlas tal como est\u00e1n sobre la mesa y continuar la partida desde el punto donde las dej\u00f3 el \u00faltimo repartidor. Si este tipo de procedimientos no se califica de robo en masa, es dif\u00edcil comprender c\u00f3mo describirlos.<\/p>\n\n\n\n<p>El m\u00e9todo m\u00e1s com\u00fan para hacer trampa en el p\u00f3quer, tanto en clubes como en casas particulares, pero especialmente en la buena sociedad, es el que se lleva a cabo por medio de la colusi\u00f3n y en conexi\u00f3n con ese proceso del juego conocido como &quot;subir la apuesta&quot;.<\/p>\n\n\n\n<p>En el p\u00f3ker, las apuestas de los jugadores se van rotando en la mesa, y quienes deseen permanecer dentro \u2014es decir, quienes no quieran perder lo que ya han apostado\u2014 deben tener la misma cantidad de dinero en el pozo. Ahora bien, a menos que un jugador tenga una mano particularmente buena, no est\u00e1 dispuesto a arriesgar demasiado por sus posibilidades de ganar; en consecuencia, cuando las apuestas han subido a cierta cantidad, preferir\u00e1 destacarse antes que arriesgar m\u00e1s de lo que ya ha arriesgado.<\/p>\n\n\n\n<p>Dos hombres, entonces, en secreto, al sentarse a jugar, se las ingeniar\u00e1n para ganar al que tenga m\u00e1s dinero, o al mejor jugador (su mayor antagonista). Por lo tanto, si estos dos hombres suben sistem\u00e1ticamente sus apuestas, tengan buenas manos o no, eventualmente llegar\u00e1n al punto en que los dem\u00e1s jugadores se retiren. Si el que est\u00e1 entre ellos desea seguir jugando, debe igualar sus apuestas, o, en otras palabras, aumentarlas a una cantidad igual a la de los conspiradores. Puede que lo haga por un tiempo, pero tarde o temprano la partida se volver\u00e1 demasiado intensa para \u00e9l y se retirar\u00e1. Est\u00e1 entre dos fuegos y no tiene ninguna posibilidad. Entonces, una vez que todos los dem\u00e1s se retiren, la partida queda en manos de los dos jugadores m\u00e1s listos, y pueden terminarla como mejor les parezca. Pueden seguir subiendo sus apuestas durante un tiempo, hasta que finalmente uno de ellos se niegue a apostar otra ficha y tire su mano, y entonces el otro simplemente se lleve el pozo. O uno de ellos puede igualar la apuesta del otro y, al ver la mano, descartar la suya sin mostrarla, infiriendo que no es tan buena como la de su supuesto antagonista. En realidad, no es necesario que los dem\u00e1s jugadores vean ninguna de las manos. No se les puede igualar, porque uno u otro siempre est\u00e1 subiendo la apuesta, y hasta que no se igualen las apuestas sin que nadie suba, la igualaci\u00f3n no est\u00e1 completa y no se muestran las manos. Entonces, cuando todos los dem\u00e1s jugadores han subido, no queda nadie para pedirles que muestren las suyas. Al final de la jornada, por supuesto, se reparten el bot\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo esto puede parecer muy simple, pero es extremadamente dif\u00edcil de detectar por terceros. De hecho, es precisamente la simplicidad de la colusi\u00f3n lo que constituye el gran atractivo de su empleo y la gran salvaguardia contra su detecci\u00f3n. A diferencia de la manipulaci\u00f3n, cualquiera puede llevarla a cabo y da muchos menos indicios de su existencia. El \u00fanico inconveniente es que, donde hay una conspiraci\u00f3n, siempre existe la posibilidad de que los delincuentes se enfrenten y que hombres honestos se enteren de la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p>En todo tipo de juego y en todo tipo de enga\u00f1o, la colusi\u00f3n se ha utilizado como un medio f\u00e1cil para consumar los deseos del estafador. De hecho, rara vez se concibe un plan de cierta magnitud sin m\u00e1s de una persona involucrada; y los c\u00f3mplices han asumido todo tipo de disfraces: caldereros, sastres, soldados, marineros, camareros, porteros de club, repartidores de cartas e incluso agentes de justicia. Los disfraces con los que se han presentado estos individuos son infinitos, y aparentemente su ingenio no tiene l\u00edmites.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los fraudes m\u00e1s grandes jam\u00e1s perpetrados en relaci\u00f3n con el fraude, y en el que menos personas estuvieron involucradas, fue el registrado por Houdin. Inicialmente, fue concebido y ejecutado por un solo estafador, aunque otro particip\u00f3 posteriormente, para gran decepci\u00f3n del promotor original del plan. Dado que este incidente es interesante y muestra de forma impactante las posibilidades de fraude que existen en todo momento y lugar, el lector se beneficiar\u00e1 de su lectura. Aunque los hechos ocurrieron hace muchos a\u00f1os, la historia no es muy conocida y merece ser contada.<\/p>\n\n\n\n<p>En la fecha del relato, La Habana, seg\u00fan el historiador, era el lugar m\u00e1s adicto al juego del mundo. Como \u00e9l mismo observ\u00f3, eso no era poco decir. Y fue en ese remanso de paz donde ocurrieron los sucesos relatados.<\/p>\n\n\n\n<p>Un estafador espa\u00f1ol, llamado Bianco, compr\u00f3 en su pa\u00eds una enorme cantidad de naipes y, en vista de la empresa en la que estaba a punto de embarcarse, abri\u00f3 cada uno de los mazos, marc\u00f3 todas las cartas y las volvi\u00f3 a sellar en sus envoltorios. Lo hizo con tanta habilidad que no qued\u00f3 evidencia de que los paquetes hubieran sido manipulados. Al completarse con \u00e9xito la proeza de un procedimiento de este tipo, las cartas se enviaron a La Habana y all\u00ed se vendieron a los crupieres con un sacrificio ruinoso. Tan buenas eran estas cartas, y tan baratas, que en poco tiempo los crupieres no pudieron ser persuadidos a comprar otras de otra marca. As\u00ed, despu\u00e9s de un tiempo, apenas circulaban naipes en el lugar aparte de los falsificados por Bianco.<\/p>\n\n\n\n<p>El astuto, cabe imaginar, no tard\u00f3 en seguirle la pista a sus cartas; y, como hombre de buena familia, se las ingeni\u00f3 para introducirse en la alta sociedad. Jugaba en todas partes, por supuesto, y donde jugaba, ganaba. Como casi nunca le ped\u00edan que usara cartas que no fueran las suyas, no es de extra\u00f1ar que se enriqueciera r\u00e1pidamente entre gente cuya principal diversi\u00f3n parec\u00eda ser el juego. Sin embargo, para evitar sospechas, se aseguraba de quejarse constantemente de las p\u00e9rdidas sufridas.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre los diversos clubes de La Habana hab\u00eda uno de los m\u00e1s exclusivos. El comit\u00e9 era tan vigilante y se tomaban tantas precauciones para evitar la admisi\u00f3n de personas sospechosas, que hasta entonces se hab\u00eda mantenido a salvo de la contaminaci\u00f3n de las estafas. Sin embargo, Bianco logr\u00f3 entrar en este club y llev\u00f3 a cabo sus operaciones con gran \u00e9xito. A pesar del celo del comit\u00e9, estuvo destinado a permanecer solo en el campo muy poco tiempo. Otro astuto, esta vez franc\u00e9s, tambi\u00e9n logr\u00f3 entrar al club; y \u00e9l tambi\u00e9n se puso a explorar la regi\u00f3n, creyendo que se hab\u00eda apoderado de una mina de oro a\u00fan sin explotar.<\/p>\n\n\n\n<p>En consecuencia, este segundo aventurero, llamado Laforcade, aprovech\u00f3 una oportunidad favorable para apropiarse de varias cartas del club. Se las llev\u00f3 a casa para marcarlas, con la intenci\u00f3n de devolverlas al mazo de donde las hab\u00eda sacado. Es f\u00e1cil imaginar la sorpresa del hombre al abrir los mazos y descubrir que todas las cartas ya estaban marcadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Evidentemente, alguien se le hab\u00eda adelantado, y Laforcade decidi\u00f3 averiguar qui\u00e9n pod\u00eda ser. Investig\u00f3 d\u00f3nde se consegu\u00edan las cartas y, al comprar algunas en el mismo lugar, descubri\u00f3 que tambi\u00e9n estaban marcadas. De hecho, todas las barajas que pudo conseguir hab\u00edan sido manipuladas de la misma manera. Se trataba, pues, de una estafa gigantesca, y decidi\u00f3 sacar provecho de ella. Dejar\u00eda que el otro hiciera todo el trabajo, pero \u00e9l compartir\u00eda las ganancias. Si el otro, quienquiera que fuese, no atend\u00eda a razones, lo amenazar\u00eda con entregarlo a la polic\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Tras tomar esta decisi\u00f3n, se puso a observar el juego de los distintos miembros del club y, como era de esperar, la invariable buena fortuna de Bianco no dej\u00f3 de atraer su atenci\u00f3n. Vigilando de cerca las acciones de este caballero, Laforcade pronto lleg\u00f3 a la conclusi\u00f3n de que Bianco, y no otro, era el hombre que buscaba. Por lo tanto, aprovech\u00f3 una oportunidad temprana para jugar tranquilamente una partida de \u00e9cart\u00e9 con su compa\u00f1ero estafador, en ausencia de otros miembros del club.<\/p>\n\n\n\n<p>La partida se jug\u00f3, y Bianco gan\u00f3, como era de esperar. Entonces, como de costumbre, el ganador pregunt\u00f3 a su oponente si estaba satisfecho o si prefer\u00eda vengarse en otra partida. Para su sorpresa, en lugar de simplemente decir si prefer\u00eda volver a jugar, el perdedor apoy\u00f3 los codos en la mesa con serenidad y, mirando a su adversario con serenidad, le dio a entender que pose\u00eda todo el secreto del peque\u00f1o y alegre enga\u00f1o que se estaba llevando a cabo. Esto, por supuesto, cay\u00f3 como una bomba en el bando de Bianco, reduci\u00e9ndolo de inmediato a una situaci\u00f3n en la que cualquier t\u00e9rmino de compromiso ser\u00eda aceptable, antes que la exposici\u00f3n y la c\u00e1rcel.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegados a este punto, Laforcade propuso t\u00e9rminos que estaba dispuesto a alcanzar con el espa\u00f1ol. Estos consist\u00edan, en resumen, en que Bianco continuara su sistema de saqueo, a condici\u00f3n de que entregara a su compa\u00f1ero de estafa la mitad de las ganancias. Se aceptaron estos t\u00e9rminos, y sobre esa base se firm\u00f3 el acuerdo.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante un tiempo despu\u00e9s de esto, todo les fue bien a los dos estafadores. Laforcade se estableci\u00f3 en el lujo y dedic\u00f3 su tiempo al placer. Bianco corri\u00f3 todo el riesgo; el otro no ten\u00eda nada que hacer m\u00e1s que quedarse en casa y recibir su parte de las ganancias. Es cierto que no pod\u00eda controlar a su socio para asegurarse de que dividiera el bot\u00edn equitativamente; pero, con la espada de Damocles sobre \u00e9l, siempre pod\u00eda amenazarlo con la exposici\u00f3n si las ganancias no eran lo suficientemente cuantiosas.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el tiempo, sin embargo, Bianco empez\u00f3 a cansarse del arreglo, lo cual quiz\u00e1 era natural. Adem\u00e1s, el suministro de cartas marcadas empezaba a escasear y ya no se pod\u00eda depender de ellas por mucho tiempo. En consecuencia, el principal impulsor de la trama, tras ganar todo lo que pudo, abandon\u00f3 r\u00e1pidamente el escenario de sus haza\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>El desafortunado Laforcade se encontr\u00f3 as\u00ed, como dicen los estadounidenses, \u00ababandonado\u00bb. La perspectiva no era del todo agradable para \u00e9l. Hab\u00eda adquirido gustos caros que ya no pod\u00eda permitirse; se hab\u00eda acostumbrado a lujos que ya no pod\u00eda esperar disfrutar. Carec\u00eda de la habilidad del difunto Bianco; sin embargo, se vio obligado (metaf\u00f3ricamente) a arremangarse y trabajar para ganarse la vida. Las cosas no estaban tan mal como podr\u00edan haber estado. A\u00fan hab\u00eda un buen n\u00famero de tarjetas falsificadas en circulaci\u00f3n; as\u00ed que decidi\u00f3 aprovechar al m\u00e1ximo sus oportunidades mientras a\u00fan las tuviera.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed que se puso a trabajar con ardor, y el \u00e9xito acompa\u00f1\u00f3 con creces sus esfuerzos. Sin embargo, al final lleg\u00f3 el desastre. Lo descubrieron haciendo trampa, y todo el secreto de las cartas marcadas sali\u00f3 a la luz.<\/p>\n\n\n\n<p>Incluso en esta lamentable situaci\u00f3n, la buena fortuna de Laforcade, aunque parezca extra\u00f1o, no lo abandon\u00f3. Fue llevado ante el Tribunal, juzgado y absuelto. No se pudo probar absolutamente nada en su contra. Es cierto que las tarjetas estaban marcadas, pero tambi\u00e9n lo estaban casi todos los dem\u00e1s en La Habana. Laforcade no las marc\u00f3, como qued\u00f3 demostrado en las pruebas. No las import\u00f3. A todos los efectos, no tuvo nada que ver con ellas. Ni siquiera se pudo probar que supiera siquiera que las tarjetas estaban marcadas. As\u00ed, la acusaci\u00f3n en su contra se desmoron\u00f3 por completo, y sali\u00f3 impune. Sin embargo, es de suponer que no permaneci\u00f3 mucho tiempo en esa parte del mundo. En cuanto a qu\u00e9 fue de Bianco, no se sabe nada. Posiblemente su expediente concluyera con las conocidas palabras \u00abvivieron felices para siempre\u00bb; pero lo m\u00e1s probable es que no. El final de tales hombres rara vez es feliz.<\/p>\n\n\n\n<p>La enumeraci\u00f3n de las circunstancias mencionadas servir\u00e1 para acentuar la afirmaci\u00f3n de que es imposible protegerse completamente contra las trampas. Este fue un caso en el que se observ\u00f3 la m\u00e1xima precauci\u00f3n para excluir a los tramposos e impostores de un club; y, sin embargo, se observa que, en muy poco tiempo, dos hombres de persuasi\u00f3n aguda lograron entrar. Si esto es posible en el caso de un club, donde no solo existe un comit\u00e9 para investigar la buena fe de cada solicitante de membres\u00eda, sino tambi\u00e9n un gran n\u00famero de miembros, presumiblemente conscientes de sus propios intereses, que deben estar convencidos de la idoneidad de los candidatos para la elecci\u00f3n, \u00bfqu\u00e9 posibilidades tiene un simple particular de protegerse contra el astuto y sus m\u00e9todos insidiosos? Esos dos hombres, Bianco y Laforcade, debieron tener amigos entre los habitantes de La Habana, amigos que se habr\u00edan horrorizado al conocer la verdadera naturaleza de aquellos cuya intimidad encontraban tan agradable. Entre los enga\u00f1ados por esos dos aventureros debi\u00f3 haber algunos que se habr\u00edan resentido amargamente de cualquier difamaci\u00f3n sobre la honestidad de sus socios. Hemos visto la recompensa que obtuvieron por su amistad, y lo que sucedi\u00f3 una vez puede volver a suceder.<\/p>\n\n\n\n<p>Solo hay un camino a seguir que puede considerarse absolutamente seguro. Es extremadamente objetable, sin duda; pero estamos hablando, ahora mismo, de seguridad absoluta. No queda m\u00e1s remedio que sospechar de tu mejor amigo, si es jugador. El af\u00e1n de lucro afecta por igual a ricos y pobres. El instinto de robo abunda por igual en ricos y pobres. Para usar un coloquialismo, a todos se les mete en la misma brocha. La \u00fanica diferencia es que lo que se llama robo en el pobre hambriento que toma un pan para ahorrarle a la parroquia los gastos de un funeral, se convierte, en el caso de su compa\u00f1ero de pecado, m\u00e1s afortunado y rico, en una simple peculiaridad intelectual, que se dignifica con el nombre de cleptoman\u00eda. El pobre envidia al rico su riqueza; el rico envidia al pobre su corderito solitario. Ejemplos de este tipo nunca han faltado en ning\u00fan momento de la historia del mundo, ni siquiera en la vida cotidiana. Pero una vez que un hombre se convierte en jugador, es muy probable que su af\u00e1n de lucro acabe por encima de todos los sentimientos m\u00e1s nobles de su naturaleza. \u00bfLo duda? Pues bien, busque en las columnas de su peri\u00f3dico, y cada d\u00eda encontrar\u00e1 al menos un caso de alg\u00fan insensato que ha robado bienes o dinero confiado a su cuidado y ha dedicado el producto de su robo al juego. Hay todas las razones del mundo para sospechar de deshonestidad a cualquiera que se descubra que se ha dedicado al juego. Si no es as\u00ed, entonces toda la historia miente, y la experiencia pasada no cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Estrechamente relacionado con el tema de la conspiraci\u00f3n est\u00e1 el del mantenimiento de lugares donde se practican sistem\u00e1ticamente juegos de azar, desafiando la ley y a pesar de la m\u00e1xima vigilancia policial. Es cierto que uno de los titulares m\u00e1s conocidos en los carteles de los peri\u00f3dicos es: &quot;\u00a1Asalto a un club! El acusado en Bow Street&quot;. Cada semana nos llama la atenci\u00f3n alg\u00fan anuncio de este tipo, escrito en letras de quince cent\u00edmetros de alto. Pero casi nunca le damos importancia; es un suceso demasiado com\u00fan. Sin embargo, ni una sola d\u00e9cima parte de estos garitos se descubre. Aplastados aqu\u00ed hoy, rebrotan all\u00e1 ma\u00f1ana. Son perennes. Como el f\u00e9nix, resurge de sus propias cenizas, pero con otro nombre. Y donde se encuentran los jugadores, all\u00ed se reunir\u00e1n los estafadores. Eso es algo obvio y no admite ninguna duda.<\/p>\n\n\n\n<p>En estos casos, por supuesto, tanto los sostenidos como los bemoles est\u00e1n unidos por un v\u00ednculo com\u00fan: frustrar el objetivo de la ley de suprimir las casas de juego. El incauto simplemente ve en los esfuerzos del Gobierno por protegerlo de las consecuencias de su locura una interferencia injustificable con la libertad del sujeto. Por lo tanto, conspira con el sostenido para contravenir la ley, haci\u00e9ndole as\u00ed el juego a su enemigo natural. Que sufra las consecuencias no es culpa de nadie m\u00e1s que suya; por desgracia, no es solo \u00e9l quien sufre. Quienes m\u00e1s le son cercanos, y deber\u00edan serle m\u00e1s queridos, son quienes m\u00e1s sufren.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dispositivos utilizados por los ocupantes de las casas de juego clandestinas para ocultar cualquier rastro de los aparatos utilizados para jugar llenar\u00edan muchos vol\u00famenes con su descripci\u00f3n, pero como no forman parte integral de nuestro tema, no podemos entrar en detalle. Probablemente una de las ideas m\u00e1s ingeniosas jam\u00e1s concebidas para la eliminaci\u00f3n inmediata de cualquier rastro de aparatos de juego en caso de una redada policial fue la que se utiliz\u00f3 en un supuesto club hace muchos a\u00f1os. El plan, en resumen, era el siguiente: sobre el fuego de la sala de juego se manten\u00eda constantemente hirviendo una gran olla de agua, aparentemente para diluir los licores fuertes que beb\u00edan los socios. Todos los utensilios de juego, cajas de dados y dem\u00e1s, estaban hechos de una de las aleaciones conocidas como metales fusibles, que se funden a una temperatura mucho menor que la del agua hirviendo. Una aleaci\u00f3n de bismuto, esta\u00f1o, plomo y cadmio puede fundirse a una temperatura mucho menor que la del agua hirviendo. En caso de que se hiciera un allanamiento al club, todos los utensilios se met\u00edan en la caldera, donde se derret\u00edan al instante, y aunque alguien mir\u00f3 dentro de la caldera durante la b\u00fasqueda, no se vio nada.<\/p>\n\n\n\n<p>Es en lugares como este donde la colusi\u00f3n y la conspiraci\u00f3n son m\u00e1s rampantes. Quienes tienen la capacidad de idear m\u00e9todos para enga\u00f1ar a la polic\u00eda bien podr\u00edan suponer que tienen el ingenio suficiente para estafar a los jugadores. Por lo tanto, quienes deben apostar deben ser muy cautelosos al confiar su dinero y su vida a la tierna merced de la sociedad que se encuentra en tales lugares. Con esta advertencia concluiremos este cap\u00edtulo.<\/p>","protected":false},"parent":2286,"menu_order":8,"template":"","class_list":["post-2266","sharpsandflats","type-sharpsandflats","status-publish","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/sharpsandflats\/2266","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/sharpsandflats"}],"about":[{"href":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/sharpsandflats"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/sharpsandflats\/2286"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/robertjwallace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2266"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}